Jueves 27  de febrero

¿Ajuste heterodoxo?

 

 

Una serie de medidas de política económica tomadas en los últimos meses, que fuimos analizando en distintos artículos, permiten reconstruir la estrategia que el gobierno ha definido para enfrentar su último año y medio de mandato. Acá, acá y acá, se encuentran algunos de interpretaciones de las tensiones económicas presentes y las respuestas por parte del oficialismo.

Para resumirlo en un párrafo, decíamos que frente a las presiones más agudas que el gobierno había sufrido tanto por arriba (desde el poder económico) como por abajo (desde los sectores populares), ensayaba una fuga hacia adelante. ¿En qué consiste? En conseguir una buena cantidad de dólares vía financiamiento externo para aliviar las tensiones sin necesidad de recurrir a megadevaluaciones o ajustes fiscales clásicos, con sus respectivos efectos económicos recesivos y socialmente regresivos. De esa manera se entiende que por un lado se avanzara en los acuerdos con el CIADI, el FMI,el Club de París y finalmente con Repsol, mientras que por otro lado se anunciaran programas como el PROGRESAR, que implican un mayor gasto público y un intento de “compensación” por los efectos negativos de las otras políticas.

¿Está siendo exitoso esta suerte de “ajuste heterodoxo”? ¿Efectivamente se está logrando “compensar” los efectivos negativos? ¿En qué medida los empresarios responden a los objetivos declamados por el gobierno? ¿Qué rol se le asigna a la participación popular en este proceso? Si bien el desenlace está por verse y dependerá no sólo de la acción del gobierno sino también de las luchas sociales abiertas, creemos que es posible adelantar algunas impresiones.

¿Massa tenía razón?

Durante la última campaña electoral las distintas variantes de la oposición conservadora presentaron diagnósticos y propuestas comunes. Independientemente de las diferencias en el acento republicano del FAP-UNEN, la apelación al “primer kirchnerismo” del Frente Renovador o el liberalismo rancio del PRO, existe un trasfondo común que compartenMassa, Felipe Solá, Macri, Cobos, Binner, Carrió, Lousteau o Prat Gay. Todos coinciden en que los problemas de la Argentina se deben al populismo del gobierno que “espanta inversiones”, “no pone reglas claras”, “nos aísla del mundo” y un conocido etcétera. A partir de esa crítica se justificaba el énfasis en los problemas de “competitividad” y “atraso cambiario” (una manera elegante de promover la devaluación y la baja de salarios), de “derroche del gasto público” y “emisión descontrolada” (una forma sutil de proponer ajuste fiscal y enfriamiento de la economía).

Pero la estrategia del gobierno, que rechazaba rotundamente estos planteos, fue salir a disputar con la oposición conservadora la gracia del poder económico concentrado, tal como había adelantado en su momento la propia Cristina al reclamar la presencia de los “titulares” y no de los “suplentes” de la oposición. En este sentido durante 2013 promovió una devaluación gradual de la moneda y ofreció distintos canales a los grandes exportadores para mejorarles su rentabilidad, avanzó en el plan de sincerar la inflación y aceleró las negociaciones con el Club de París y Repsol para otorgar un baño de “confianza” a potenciales inversiones y acreedores.

El objetivo es muy claro y Cristina suele enunciarlo abiertamente en sus discursos. El gobierno quiere convencer a los grandes empresarios para que sean socios y no enemigos, que dejen de quejarse por su rentabilidad ya que la “levantaron en pala” y que inviertan en el país, que sean patriotas y sensibles y no se aprovechen de su posición dominante para aumentar abusivamente los precios. Es decir, el gobierno se esfuerza por enésima vez por formar esa burguesía nacional a la que convocaron desde el 25 de mayo de 2003, un empresariado cuyos intereses estarían asociados al desarrollo de nuestro país y no subordinados a los grandes capitales financieros internacionales.

Sin embargo, a diferencia de los años 2009 y 2010, cuando ante la adversidad el kirchnerismo no dudó en tomar medidas progresivas a costa de confrontar con sectores del poder económico, en la actualidad el gobierno tomó buena parte de la agenda de la oposición, creyendo que así lograría modificar las relaciones de fuerza a su favor y alcanzar sus objetivos. ¿Acaso tenía razón la oposición cuando planteaba la necesidad de la devaluación y bajar salarios? ¿Efectivamente estábamos aislados del mundo y ahora tenemos que hacer la tarea que nos encomiendan para volver a confiar en nosotros?

Los primeros resultados están a la vista. La brusca devaluación de enero fue la primera prueba de los riesgos de la nueva estrategia económica oficial. El gobierno jugó con fuego y se quemó. La pulseada la ganaron los exportadores que hicieron un negocio importante cuyo costo lo vamos pagando en cuotas la mayoría de la población. Las recurrentes dificultades para controlar los precios son otro elemento que comienza a mostrar los problemas de la orientación actual. Y el reciente acuerdo con Repsol, además de indignante por tener que indemnizar a una empresa que vació nuestra petrolera nacional, es otra jugada de extremo peligro ya que el gobierno especula con el ingreso de ingentes inversiones (que difícilmente lleguen antes de 2015) a costa de sumar mayores vencimientos en dólares que presionarán sobre el desequilibrio en las cuentas externas.

Argentina no quiere ser Venezuela

Muchos de quienes esperaban la profundización luego del 54% del año 2011 hoy se preguntan a qué se debe esta orientación. Algunos apelan a la “correlación de fuerzas” para explicar por qué no se avanzó con transformaciones de fondo. El concepto es discutible, ya que resulta muy difícil colocar una medida exacta de la correlación de fuerzas entre las clases para evaluar qué se puede y qué no se puede hacer. Pero aquí la apelación a ese concepto funciona como un mecanismo para justificar la falta de voluntad política de llevar adelante la promesa de “ir por todo”. ¿Acaso había correlación de fuerzas para nacionalizar las AFJP? ¿Había correlación de fuerzas para expropiar a Repsol pero no para ser más firme en el escenario internacional?

Pero más allá de ese debate, la orientación actual del gobierno nacional se distancia cada vez más de cualquier perspectiva de “radicalización”. La comparación con Venezuela no es caprichosa, ya que tanto desde la derecha como desde el propio kirchnerismo y desde la izquierda dogmática se asimilan ambos procesos y también porque efectivamente muchos de los problemas económicos que se presentan en nuestro país se encuentran en el proceso bolivariano, aun más candentes. Pero mientras que frente a problemas similares el gobierno venezolano eligió un camino de radicalización declarando una “guerra económica” a la burguesía local, la nacionalización del comercio exterior y la regulación de la ganancia empresarial, el kirchnerismo ha optado por calmar las aguas y buscar un nuevo pacto con el empresariado. Las diferencias entre ambos procesos se hacen más evidentes y desde ya no radican solamente ni principalmente en los aspectos económicos.

Quizás en este punto radique una de las explicaciones de la estrategia del gobierno, ya que una salida “a la venezolana” sin dudas implicaría intensificar muchos de los problemas que hoy emergen, cuestionando las propias relaciones sociales del “capitalismo serio” realmente existente y abriendo una perspectiva de liberación. Demandaría también apostar a la organización y movilización popular en lugar de depositar toda la energía en los canales institucionales y las negociaciones a puertas cerradas. Requeriría modificar el esquema de poder político actual asentado en el PJ que hoy se prepara para heredar el gobierno en el 2015 bajo el liderazgo de Scioli, como una opción de mayor “gobernabilidad” para el establishment y dar por cerrado su amargo capítulo del kirchnerismo.

De nuevo aquí el gobierno toma el mensaje de la oposición que asustaba en la campaña con el miedo a la “chavización” de la Argentina. Más bien las señales indican que el gobierno pretende imitar el ejemplo de lo que el intelectual liberal de derecha Mario Vargas Llosa llama la “izquierda vegetariana” (en contraposición a la “carnívora” representada por el chavismo), es decir, los gobiernos de “izquierda” que aceptan el predominio de las leyes del mercado y de las instituciones y solo aspiran a establecer regulaciones sin buscar su superación por nuevas relaciones e instituciones.

 

Jueves 21 de febrero

Economía argentina y desafíos del movimiento popular

 

A continuación un artículo de Itai Hagman para el EDI (Economistas de Izquierda) con un diagnóstico general de la economía nacional y un apartado sobre los “dilemas para la intervención desde el movimiento popular y la izquierda.

Economia argentina y desafíos del mov popular – Itai Hagman

 

Martes 28 de enero

La sartén por el mango

 

 

Sobre quién maneja la economía argentina o de por qué llegamos a donde llegamos.

Por Itai Hagman

En estos días de corridas cambiarias, golpes de mercado y cambios en la política económica oficial, pocos de los análisis que se ofrecen en los medios de comunicación presentan a los actores sociales y a los intereses en juegodetrás de estos movimientos. En cambio, la mayoría prefiere aludir a cuestiones técnicas o hablar de la ineficiencia de tal o cual aspecto de la gestión gubernamental. Por eso no pueden explicar que el gobierno haya convalidado – al menos parcialmente – las exigencias que le hacía el poder económico concentrado. Como ya no pueden decir que los males de la Argentina se deben al atraso cambiario – actualizado en un 60% en el último año – ni al llamado “cepo”, ahora salen a plantear que en realidad no eran esos los problemas sino una deficiencia general – casi emocional – de falta de confianza hacia el gobierno por parte de los mercados. En definitiva, todo apunta a la idea de que no importa lo que se haga, las inversiones no vendrán y la cosa sólo se podría resolver con un cambio de gestión en el 2015. Pero cuando el relato liberal habla de “los mercados”, no se refiere a poderosos grupos económicos con capacidad de formar precios o realizar maniobras especulativas en búsqueda de ensanchar sus ya abultados márgenes de ganancia, sino pobres “agentes” víctimas de un clima de incertidumbre, a su vez hijo de la improvisación de un plan económico deficiente.

Sin embargo, lo ocurrido en los últimos días no es otra cosa que un rotundo triunfo de estos victimizados “mercados”,  y muy por el contrario del imaginario que los ubica como presos de los vaivenes de la política oficial, en realidad han demostrado que tienen y siempre tuvieron la sartén por el mango (y el mango también diría María Elena Walsh). El gobierno perdió una de las pulseadas más fuertes con los exportadores y, de declamar su rechazo absoluto a sus pedidos, pasó a convalidarlos. Primero defendió el tipo de cambio como ancla de precios contra los argumentos devaluacionistas, para luego adoptar la política de “devaluación gradual” contrapuesta a la “brusca” impulsada por el poder económico. Finalmente ahora se defiende los ajustes bruscos en el tipo de cambio contrapuestos a la “megadevaluación” que promueven los mercados.

Muchos analistas aciertan en colocar el impacto inflacionario como el peligro más relevante a corto plazo, ya que tanto por razones de aumento de costos o por simple juego especulativo, todos los empresarios están prestos a remarcar sus productos, si es que no lo hicieron ya en estos días. Las medidas “compensatorias”, como el Plan PROGRESAR, aunque positivas, aparecen claramente como insuficientes, y la posibilidad de sostener el poder adquisitivo de los trabajadores y el conjunto de la población dependerá fundamentalmente de la capacidad de movilización y presión que se pueda generar desde abajo. La paritaria docente que debería comenzar a negociarse próximamente puede ser un botón de muestra de lo que vendrá en el futuro inmediato.

Pero, independientemente de lo que ocurrirá en los próximos caldeados meses, interesa preguntarse: ¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Había otras alternativas? ¿Qué evidencia este cambio en el panorama económico nacional?

La sartén por el mango

Detrás de los movimientos de la cotización del dólar existen poderosos intereses económicos. El “problema cultural” que tenemos los argentinos que nos lleva a buscar permanentemente transformar nuestros ahorros en moneda norteamericana sólo explica una parte (y probablemente pequeña) de la escasez de divisas.

La devaluación operada la semana pasada es hija del fracaso de una estrategia que ya había demostrado sus límites en reiteradas oportunidades y es la creencia de que haciendo “política cambiaria” y negociando precios con los grandes grupos económicos se lograrían sortear los profundos desequilibrios que enfrentamos. Es decir, sin encarar las cuestiones estructurales.

El problema de fondo es el dominio absoluto (con excepción reciente de YPF) del sector privado en todas las áreas sensibles y estratégicas de nuestra economía. ¿Qué esperaba el gobierno por parte de las grandes cerealeras y los pooles de siembra sino la especulación con el tipo de cambio? Luego de intentar convencerlas de que liquiden sus cosechas y ofrecerles bonos atados al tipo de cambio, finalmente terminaron por convalidar su estrategia: los que especularon, ganaron. Ahora pueden liquidar exportaciones un 33% más caras. No estamos hablando de “mercados desconfiados” sino puntualmente de ocho grandes empresas multinacionales que explican aproximadamente el 90% de las ventas sojeras al exterior.

Poco más de un mes atrás planteábamos en otro artículo [1] la necesidad de avanzar en el control público del comercio exterior y terminar con la especulación privada de este puñado de multinacionales, que impacta además en el precio de los alimentos que consumimos todos los días. Comercio exterior, producción de alimentos, sistema financiero, grandes conglomerados industriales, cadenas de comercialización interna, todas estas áreas siguen dominadas por el capital privado (y en su mayoría multinacional), algunas incluso con marcos regulatorios heredados de la última dictadura militar. ¿Algún kirchnerista honesto puede suponer que es posible conquistar la justicia social y la soberanía económica sin avanzar en este terreno, pactando y re-pactando con un empresariado que ya demostró que lo mueve el bolsillo y no el compromiso con “El Proyecto”? Y al mismo tiempo, ¿es posible razonar que si nada de esto se hizo en estos diez años se debe simplemente a que “no se pudo”? Y si no se puede ahora, y a sólo año y medio de la campaña presidencial del 2015, ¿cuándo se va a poder?

Volvamos a la actualidad, ya que mientras todos estos problemas estructurales no se encaran hay que dar respuesta a los conflictos que se avecinan en el corto plazo: la inflación y su posible aceleración por el impacto cambiario. ¿Qué hace pensar que, a diferencia de lo que ocurrió con los acuerdos de precios anteriores, esta vez va a fructificar? Desde el escepticismo es que nos animamos a hacer una propuesta. ¿No será hora de pensar que el Estado participe en forma directa en la comercialización de productos? ¿Tan osado es? ¿Qué impide montar una red de distribución de alimentos y productos de la canasta básica administrada por el propio Estado y marcando precios de referencia a las grandes cadenas de supermercados? ¿Y qué impide desarrollar una campaña comunicacional señalando los precios acordados y los abusos de los grandes comerciantes? La existencia de una activa y numerosa militancia en los barrios populares a lo largo y ancho de la Argentina permite pensar soluciones creativas que de seguro no se encontrarán en ningún manual de economía. Eso sería realmente empoderar al pueblo, algo que suele declamarse en los actos pero no en políticas concretas. Lo contrario es volver a apostar, una vez más, a la buena voluntad de los dueños de la sartén y el mango. Pero, seamos serios, si por enésima vez la estrategia no prospera no vale echarle la culpa a “la gente”.


[1] http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-235751-2013-12-16.html

 

 

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